
Ella fue producto de un acto no deseado, pero no por eso fue menos querida, es más la quisieron como nunca a nadie la habían querido. Fue, para muchos, más que un ángel en el paraíso.
Ella parecía ser la hija de Antonio Flores, pero no era así, aunque cuando nació desprendía un enorme olor a vida, su piel era morena aunque los rayos de sol nunca habían incidido sobre ella. Y su voz era angelical, como el canto de una sirena. Su pelo, sus ojos color negro azabache. Su pelo desde que ella respiró por primera vez eran suaves caracoles. Y lo mejor de ella su sonrisa, su alegría las cuales hacían sonreír hasta a una persona ya sin vida.
Ella solía bajar a la playa todas las tardes de verano con su madre de la mano. Una vez allí se limitaban a hablar, pasear, jugar, jugar con la arena, entre ellas, con quienes pasaban… o tan solo la madre se tumbaba a tomar el sol y ella la imitaba.
Todas las tardes también bajaba un hombre, mayor, de unos 60 años. Siempre llevaba puesto una gorra de color naranja, camiseta de tirantes blancos y pantalones de cuando jugaba al futbol con sus amigos cuando aún le funcionaba bien su pierna derecha. Cada vez que ellas llegaban a su sitio habitual de la playa, él estaba allí, las observaba. Parecía un búho con los ojos abiertos de par en par tras las gafas Ray Ban. Analizaba cada paso que daban, cada gesto, cada ida y cada venida, y todo absolutamente todo lo que hacían, desde que salían por la puerta de casa hasta que volvían, lo anotaba en una pequeña libretita azul marino.
Por la noche, cuando volvía a su casa, reanudaba la idea de su plan, con fecha 23 de Agosto. Un plan muy meticuloso, como él.
Tres días antes ya lo tenía todo preparado el coche, los guantes, la cinta aislante, el tiempo medido,… Tan solo esperaba ansioso la llegada del día elegido, esperaba igual que un hambriento y cochambroso perro buscando su comida.
Había tardes en las cuales la madre se llevaba un libro y se ponía a leerlo mientras tomaba el sol boca abajo. Así que ese día, ese jueves 23 de Agosto fue cuando ocurrió. Mientras la madre leía su libro Fausto de Johann Wolfgang Goethe, él, su indeseable vecino, se acercaba a la niña que permanecía jugando en la orilla con la arena mojada por las olas. Traía una pala y un rastrillo de color rosa clarito con el sello de Disney y de la bella durmiente. La niña solo con ver la imagen de su Princesa Disney preferida se ilusionó muchísimo con el juguete que le estaban ofreciendo, los ojos se le abrieron como platos, sonreía y reía sin hacer ruido de la ilusión que le hacían. Entonces él al ver que la pequeña se ilusionaba con el juguete le ofreció acompañarlo para darle más juguetes como ese. Y la pequeña como cualquier niño de esa edad corriendo le siguió.
Esa noche ni las estrellas quisieron salir al cielo a alumbrar. Las nubes como dioses malignos lo rodearon todo. El frío penetraba por las calles, parecía que el mismo diablo soplaba para ahuyentar a las cálidas sonrisas de una maravillosa criatura.
Todo ocurrió bastante rápido, o al menos así pereció ser. Primero la adormeció con unos tranquilizantes, luego la tumbó sobre la cama, la despojó de su poca ropa, y, después se rió de ella como si fuese una muñeca hinchable, primero con un bolígrafo, luego con sus manos, luego con su inservible aparato. Fueron tantas veces las que él abusó de ella, que su cuerpo con tal de no sufrir más decidió rendirse y dejar que otra persona le hiciese pasar por lo que ella a su corta edad.
Su cuerpo apareció en el mismo sitio que la tarde anterior. Parecía que se había quedado dormida jugando con la arena. Un poco más arriba su madre se quedó dormida esperando a que su niñita volviera de jugar con la arena, se durmió junto con su desesperación de no verla regresar.
Esta desgracia tuvo su semi-final cuando en la autopsia encontraron restos de semen entre sus brillantes y rizados cabellos oscuros. Fue encarcelado, de por vida, y al margen de la justicia entre las rejas sufrió lo que esa pequeña niña pasó una noche de verano, fue solo una vez ese castigo que los mismos presos le dieron en voz de Ella, pero fue suficiente para que su arrepentimiento fuera eterno. Por una vez la justicia tanto legítima como ilegítima consiguieron su propósito.
La noticia recorrió varios canales, hasta algunos internacionales. Casi el planeta entero se estremeció viendo una foto de esa dulce niña, de esa maravillosa criatura. No fue la primera, pero si sería la última de un monstruo más.